Desde la colina vaticana.
El peligro del radicalismo político
J. Dávila Castellón
La Prensa, Domingo 21-11-2008
Sección: Religión y Fe.

La radicalización política, hija de la intolerancia, cuando se ejerce desde el poder público o gubernamental, si no se frena a tiempo, genera el radicalismo político que termina degenerándolo todo, hasta derivar en totalitarismo o franca tiranía.

Siendo la paz fruto de la justicia, el radicalismo político constituye un atentado contra la paz social, pues en una u otra forma, abierta o solapadamente, niega el derecho humano a disentir, mira en el adverario a un enemigo personal, no simplemente a quien piensa distitno y cuyo criterio ideológico u opinión puede contener algo bueno y digno de ser acogido y aprovechado para la bienandanza del país.

La diatriba o el lenguaje insultativo, producto del hablar con ligereza o a nivel puramente sentimental, sin considerar el respeto que los otros se merecen como seres humanos y como conciudadanos, es una forma de ejercer la violencia...

La violencia verbal, germen de otros tipos de violencias mucho menos deseables por las trágicas consecuencias que, por lo general, tarde o temprano no suelen originar.

También la violencia se ejerce no sólo hablando irreflexiva y violentamente, sino imponiendo, desde arriba, el bozal a los que tienen el derecho de hablar, a los hombres y mujeres de los medios de comunicación no gubernamentales y, más exactamente, al pueblo a través de ellos.

El radicalismo político, más peligroso de lo que puede pensarse, tiende a alimentar el fanatismo exacerbado, a crear y fomentar grupos turbulentos o masas humanas desenfrenadas, foco de abismales divisiones, injusticias y maldades, propias más bien de seres irracionales.

La radicalización politica puede llevarnos al radicalismo político, a vivir sin poder convivir, desmintiendo en tal caso con los hechos las proclamas de amor y la "oración contra el odio" de la propaganda gubernamental.

Urge aplicar esa "sólida formación" propuesta por el Papa a nuestros obispos, fomentar la educación de una conciencia lúcida y activa que lleve a gobernantes y gobernados a solidificar la paz sobre la base de los derechos humanos y cívicos, de tal modo que el Estado de Derecho sea la fuerza del Derecho del Estado... y la fuerza del derecho ciudadano.